La supervivencia del espíritu


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Antonio
Javier Plazas

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Cada día toman nueva forma los métodos de agresión y violencia en el mundo, se habla incluso de la existencia de seres humanos sometidos a pruebas de laboratorio siendo ésta la mejor raza con la que se haya podido experimentar en laboratorio alguno. La sofisticación de la agresividad no ha logrado sin embargo conectar al ser humano con una realidad inevitable a la que lentamente nos acercamos y que será indudablemente la guerra futura que tendremos que librar, "la supervivencia del espíritu".

Mucha de la violencia a la que hemos estado sometidos hasta ahora, aparenta solo ser una violencia física, y de hecho asesinar el cuerpo físico de una persona pudiera no ser la forma de desaparecerlo por completo, aunque para quienes están un poco atrapados por la ilusión de lo físico pudiera ser el final. Sin embargo me aventuro a ver en cada acto violento físico un intento por aniquilar el espíritu humano, de hecho el secuestro es la forma más eficaz de aniquilar el espíritu.

La lucha por la supervivencia del espíritu es la que emprenden todos aquellos que han decidido seguir el sendero de luz hasta su propio destino o hasta su propia alma, en ese sendero han tenido que replantear muchas programaciones arraigadas con rigidez extrema desde el principio de sus vidas y han tenido que cuestionar múltiples formas que los conducen a la supuesta verdad. La primera que han replanteado en determinado momento es la religión.

Resulta curioso como en la medida en que más y más iglesias que se acogen a nuevos credos nacen en el mundo, más lejos está el ser humano de su Dios personal (hablo aquí del Dios en el que cada uno cree, en aras de no adherirme a uno en particular), a veces pareciera como si el ser humano en un desesperado afán por acortar el camino que lo conduce a su Dios personal construyera nuevos caminos que cree son más cortos. En ese proceso generalmente se entra en una competitividad enorme en donde parece perderse de vista el objetivo principal que es alcanzar ese contacto con ése Dios personal de una manera más íntima. A cambio pareciera que entran en una gran competencia para demostrarle al mundo cual es el mejor camino que conduce a Dios, es cuando por andar compitiendo nos sumergimos en la polaridad absoluta y empezamos nuevamente a desarticular al ser humano.

Resulta incomprensible la concepción de un Dios que juzga y que separa a la humanidad como si el mundo fuera un enorme pastel al cual hay que trozar y del cual algunas porciones son dignas de nuestra atención mientras que otras no.

Un rasgo característico en cada nueva modalidad de religiosidad es la insistencia con la que se refieren a la palabra amor, que más parece para muchos un ideal por alcanzar antes que un verbo que se puedan permitir conjugar en todos los tiempos aunque sea en un imperfecto presente.

Ciertamente la gran mayoría ejercitan un perfecto proceso de transmigración y no de evolución de consciencia, que son dos aspectos bien diferentes. Y desde estos parámetros muchos de ellos podrían incluso constituírse más en una amenaza no sólo para la evolución del hombre sino para la búsqueda global de la paz que ha emprendido el ser humano. Siendo la paz esa capacidad de superar nuestro propio y enorme ego.

Mientras tanto son innumerables las personas que separados de algún Dios social impuesto, han intentado conjugar el verbo amar, comprender y perdonar. Han intentado el respeto por el libre culto, sin pretender violentar la fe de nadie para vender una ideología religiosa como si fuera un producto. Han intentado el respeto por la libertad del individuo, han probado (aunque se sigan equivocando) a amar incondicionalmente a los demás a despojarse de ciertos prejuicios morales y religiosos, y sobre todo han intentado no tomar a Dios como una muleta que los transporta por esta vida y que los ayuda a cojear cada día más con la promesa de un paraíso futuro. Son los mismos que se han negado a canjear salvación por dolor, resentimiento y amargura, pues saben bien que el prometido paraíso no lo tiene nadie, que ese prometido paraíso puede ser nuestro aquí y ahora en el momento en que empecemos de verdad a amarnos los unos a los otros gracias a Jehová, Dios, Buda, o quien quiera que sea a quien le rindamos culto; pues todos los dogmas confluyen a una única verdad, ya que los equivocados somos nosotros al interpretar esos dogmas, pues todos nos conducen a lo mismo con la misma incondicionalidad de la que solo puede ser capaz un ser superior llámese como se llame.

Si no podemos ver el rostro de Dios en cualquier lugar que visitamos, si creemos que el rostro de Dios no reside en los que nos producen tanto desprecio, como pretendemos albergarlo alguna vez en nuestros corazones? pues de ser así, correríamos el grave riesgo de empezar a ver con los ojos de Dios y entonces un milagro estaría por ocurrir cada segundo de nuestra existencia y la supervivencia física no nos ocuparía tanto como de hecho nos debe empezar a ocupar la supervivencia del espíritu.

Luz Dary Jiménez Monsalve.


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