El arte de escuchar y de hablar


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Antonio
Javier Plazas

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En los últimos tiempos he podido ver otra cara de la humanidad, como ver el universo en el rostro de aquellas personas realmente sumergidas en las fauces del compromiso cósmico, que están familiarizados con el justo punto de equilibrio cósmico y que la misión de todos por diminuta cifra que uno sea en el infinito planeta es cooperar para que la sincronía universal proceda de acuerdo a los planes divinos.
Un acontecimiento que marcó mi vida de una manera intensa, fue poder escuchar una orquesta sinfónica de sordo mudos en Noruega, uno supone que las limitaciones físicas son impedimentos para que podamos ejercitar el músculo o el órgano con el cual nos sentimos limitados, sin imaginar que el reto quizá sea precisamente lograr ejercitar mediante un doble esfuerzo, que sin duda requiere la parte "limitada" y aquí dejo entre comillas la palabra limitada, porque la vida me ha permitido ver a lo largo de mi existencia que la palabra limitada bien podría caber solo después de la razón social de una empresa limitada, ya que en cuestión de seres humanos esta característica no existe más que en la mente, cuando le hemos permitido a una sociedad que nos domestique con sus programaciones de lo que debe ser y de lo que no debe ser.
Las llamadas limitaciones físicas le fueron encomendadas a personas que indudablemente tienen una fuerza interior muy grande, también a personas que pueden ver que la verdadera limitación está en quienes los ven como limitados y no los suponen capaces de superar eso que les impide desarrollarse como seres humanos, tenemos suficientes testigos en el mundo de que la limitación física no es un impedimento para crecer como seres humanos. Todavía revivo la sensación experimentada tras escuchar con los ojos cerrados las melodías interpretadas y las voces guturales de aquellos sordo mudos, melodías en nada superadas por una orquesta sinfónica de personas que pueden oír y hablar, un coro de ángeles era lo mas semejante a aquel murmullo y a aquel conjunto de energía sonora que invadió aquel lugar, nunca vi en una sala de música tanta gente asombrada y paralizada ante un evento en el que todos estabamos convencidos de que habían manos divinas, ser tocado de ésta manera por un acontecimiento es un experiencia sobrecogedora que me dejó ver la vida en multiplicidad de colores inimaginados hasta entonces, que me permitíó además poder ver la inmensidad de la misma contenida en detalles minúsculos desde una melodía hasta una sonrisa.
Somos muchos quienes en determinados momentos hemos actuado como sordo mudos en el mundo; que suponemos oír bien y escuchar bien, y sin embargo no sabemos oír música, ni sabemos utilizar muchas veces el lenguaje asertivamente, la oportunidad de hablar es una magnifica oportunidad para enaltecer la vida de alguien sobre todo la vida de uno mismo, la oportunidad de escuchar es una oportunidad de permitirle a otra persona mostrar parte de su alma, aunque no tengamos una respuesta inmediata para ella, escuchar es convertirse en recipiente cósmico de una medida justa de energía que alguien necesita extraer, y al depositarla en nosotros estamos aliviando un dolor, de la misma manera que una droga puede hacerlo, es el escuchar y el hablar una caricia cósmica con propiedades curativas inimaginables. Así mismo el contacto con cada uno de los talentos otorgados por Dios, y sobre todo el reconocer de una manera insistente y constante su indudable valor, sería suficiente herramienta de felicidad.
Estamos en el mundo con una misión individual encomendada, la cual puede ser constatada a través de la agudeza de nuestros órganos de los sentidos. De la manera como nos escuchemos y como estemos de comprometidos con descubrir esta misión individual, depende que podamos entonces responsabilizarnos por esa misión colectiva que como comunidad (común unidad) nos ha sido asignada y que a lo largo de la historia de la humanidad todo apunta a que esa misión no es otra que descubrir el verdadero significado de la palabra Amor y poderlo aplicar a la vida de cada uno y de todos como macroorganismo que somos.

FIN

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© Antonio Javier Plazas (Todos los derechos reservados por el autor)

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