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La Frontera del Bien y el Mal |
Mientras escribo estas líneas, fuera de mi estudio alguien está a punto de consumir
su primera dosis de droga, alguien está robando, alguien está cegando la vida de otro
ser humano, alguien está siendo infiel, alguien está mintiendo, alguien está
maltratando un niño, en fin alguien se debate entre la oscuridad y la luz de su propia
alma, ese conflicto al que nos vemos sometidos todo el tiempo. Cada día de nuestras vidas nos vemos frente a la elección entre la maldad y la
bondad, entre la luz y la oscuridad, es difícil saber realmente en que momento empezamos
a pisar terrenos oscuros, todo lo que no implique cárcel o violar una ley mayor parece
ser inofensivo. Todo el mal del que no podemos ver su magnitud parece estar dentro de lo
normal y generalmente terminan siendo actos o equivocaciones que todos en uno u otro
momento cometemos. Hacer un diagnóstico justo de como estamos equilibrando o
desequilibrando la balanza de nuestras vidas resulta una tarea dispendiosa y en la que
solemos ser demasiado benevolentes con nosotros mismos, y muy duros con los demás. Ciertamente elegir la acción correcta es una misión que le es exclusiva a la
sabiduría no así a la inteligencia. La inteligencia es un territorio limitado del ser humano por cuanto está reducido a
las capacidades de la mente, la sabiduría en cambio es ilimitada y extrae conocimientos
no necesariamente aprendidos en ésta existencia, es la capacidad de conectar con
información cósmica y con la majestuosidad que implica el respeto por el orden cósmico
y el perfecto equilibrio del universo, es un poco más dispendioso obrar con sabiduría
que con inteligencia y algunas veces terriblemente doloroso, la sabiduría actúa como la
maestra y guía del ego, en la que generalmente éste debe morir para dar paso a la
verdad. Cada vez que logramos derribar el ego y pasar sobre él para actuar, generalmente
estamos del lado luminoso de nuestras vidas, estamos obrando a favor del universo y por
ende a favor nuestro. Este ejercicio exige la dolorosa presencia de uno por fuera del
suceso, y la permanente observación del ego intentando demostrarnos que lo único que
somos es él, que nuestra alma está atrapada irremediablemente en sus garras, ese proceso
es tan doloroso como declararse culpable sintiéndose inocente. Entregarse a ser servicial
con el ego es la manera más directa y eficaz de esclavitud que podemos asumir en la vida.
No es de extrañar que en adelante mantengamos la misma posición de esclavos frente a
otros dioses delatores y aniquiladores que abundan en nuestra sociedad actual. La libertad está siempre en nuestras manos, empuñarla y atrevernos a estar de su lado
solo es cuestión de vislumbrar la frontera del bien y el mal en las pequeñas acciones
diarias antes de estar envueltos en ellas. Luz Dary Jiménez Monsalve.
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