El Hombre, el Universo y la Felicidad


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Entrevista a Swami Tilak aparecida en la Revista Integral

Hace algún tiempo, en las páginas de Integral núm. 19, tuvimos ocasión de presentar a Swami Tilak, un sannyasin hindú que recorría el mundo con los pies descalzos (Nota del Jñàpika Satya Gurú: lo encontré descalzo en la Avenida Caracas con calle 49, en el año 1981 y lo invite a mi casa-consultorio médico donde dio unas charlas. Se encontraba acompañado de otro Swami llamado Jioty, estrictamente vegetarianos y castos. Swami Tilak hizo buena amistad con el V. Maestre Ferriz en Caracas donde fue hospedado y atendido personalmente por Él.), invitando a quien le escuchara a profundizar en la propia existencia. Se sentía feliz pudiendo hablar a cada auditorio en su propio idioma. Así, nos sorprendió a todos su correcto castellano y el hecho de que, ante un viaje al Japón, estuviera aprendiendo también el japonés. Pero en su última
visita a nuestro país el pasado verano falleció en un accidente automovilístico. Esta entrevista grabada sólo unos días antes y seguramente la última que se le realizó, nos ayuda a evocar su recuerdo y su palabra.

D.B. y C.F.

­¿Qué es el hombre?

­ Podemos describir al ser humano de varias maneras. Hay muchos pensadores que afirman que el hombre es una mera combinación de elementos físicos (esto equivaldría, haciendo una comparación algo prosaica pero útil, a considerar la luz eléctrica como la combinación de la bombilla y la electricidad). Pero el Hombre verdadero trasciende a la entera Naturaleza, que es tan sólo el aspecto físico de la existencia. El hombre verdadero es la conciencia eterna e infinita.

No es la bombilla la que produce la luz, pues la luz es una propiedad de la electricidad misma. Así, todas las facultades que el hombre muestra son manifestaciones del Espíritu o de la Conciencia pura y no existirían sin ella. De modo que todas las experiencias que el hombre recibe y todas las intenciones que manifiesta dependen de la conciencia (como estas palabras que se están grabando dependen de la cinta grabadora).

El hombre verdadero es esencialmente conciencia del Espíritu. El Espíritu se refleja por todo el universo y en otro sentido, todo el universo se refleja en la conciencia del hombre.

­ Ese espíritu o pura conciencia, ¿es algo propio del ser humano? ¿En qué modo participan los demás seres de esa realidad?

­ Según el Veda, todo el Universo no es sino Espíritu, Conciencia. Sus manifestaciones pueden ser diversas, pero la base es la misma. Incluso dentro de la física moderna vemos la afirmación, en la teoría de la relatividad expuesta por Einstein, de que la materia no es sino energía. Y así como toda la materia puede convertirse en energía, el Universo entero puede convertirse en Conciencia.

Hay un absoluto. No importa que no pueda probarse físicamente (sólo quien lo realice en sí mismo puede experimentarlo). En cierta ocasión le preguntaron a Einstein: "Usted habla sobre la relatividad, ¿pero cree o no cree en lo Absoluto?". A lo que contestó: "¿Cómo puede existir la relatividad sin lo Absoluto? Pero no puedo probarlo". Sí; el Espíritu es Absoluto y el Absoluto no puede probarse, sencillamente porque sólo puedo demostrar la existencia de cosas distintas a mí. Pero nadie puede negar la existencia del propio ser. Y cuando indagamos acerca del ¿quién soy yo?, se llega al Absoluto. Entonces aquello que es todo el universo no es diferente a mí, ni soy yo diferente de eso.

Así pues, el concepto de conciencia absoluta y eterna implica que nada puede dejar de participar de ella. No podemos decir, en consecuencia, que un perro carece de conciencia (una cinta puede tener grabada una corta y sencilla canción u otra más larga, pero eso no significa que una canción tenga cinta y la otra no).

Esta idea debe completarse con la de trascendencia. Así lo expresa un mantra védico: "Como el fuego penetra en el Universo y se manifiesta en muchas formas, así el Ser se manifiesta en todos los seres. Mas a pesar de eso, permanece fuera de todo". Esto significa que la manifestación del Universo, con sus infinitas entidades, no altera su pureza. El Espíritu está presente en todo y está fuera de todo también.

­ ¿Por qué la conciencia ordinaria del ser humano parece ser la negación de esa Conciencia pura?

­ Habría que decir en primer lugar que lo que se entiende por conciencia en sentido corriente es más bien la memoria. Hay en Occidente (y también en Oriente, por qué no decirlo) pensadores que creen que sin memoria la conciencia es inútil. Pero esta idea no es muy profunda (sería como decir que sin canción la cinta magnetofónica no existe). La memoria es sólo un conjunto de impresiones, cambia constantemente a tenor de impresiones externas y se mantiene a través de esas sensaciones, estableciendo comparaciones y proyectándose en el futuro. Pero las "impresiones" no pueden ser la base misma. Por eso la memoria nos parece opuesta a la conciencia pura, que es la base. La memoria es transitoria, mientras que la conciencia pura es permanente. El contraste es evidente.

­Además de la memoria, también está el hecho de sentirnos como individualidades separadas tanto física como mentalmente.

­ La conciencia pura, cuando se localiza, forma la individualidad. La universalidad adopta la forma de la individualidad. Pero lo individual no niega lo universal. Hay en el mar, por ejemplo, muchas olas, cada una de las cuales puede considerarse una individualidad. Mas ninguna ola afecta la existencia del agua, que es la base de todas ellas. En realidad somos conciencia.

En el mundo moderno se plantean muchas discusiones acerca de lo que es la vida. Los científicos no acaban de tenerlo claro. ¿Y continúa la vida después de la muerte? Pero la muerte tampoco es fácil de definir. A veces el corazón deja de funcionar y más tarde puede volver a hacerlo. O puede suceder que se consiga hacer funcionar el corazón artificialmente, pero si al mismo tiempo no hay actividad cerebral no puede considerarse que haya vida normal. Conocemos la importancia del cerebro, pero ¿en qué parte del cerebro se localiza la conciencia? Sabida es la decisiva función del córtex cerebral, pero Penfield demostró que éste puede alterarse en parte sin que el hombre vea modificada su conciencia. No puede mantenerse, pues, que el cerebro sea la conciencia. ¿Y de dónde viene la conciencia? Los pensadores orientales afirman que la Conciencia es eterna, universal y no podemos limitarla: "lo que está presente en un átomo, también está presente en el infinito; y lo que está presente en el átomo y en el infinito lo está también en nuestro corazón". Quede claro que cuando se alude al corazón, no se trata del órgano físico, sino de la "fuente". El agua es, por ejemplo, el corazón del hielo; pero no se trata de hacer un agujero en él y buscar el agua. La esencia del hielo es el agua. Así,  nuestra esencia es la Conciencia, es universal.

­Al parecer, plantas y animales, por el mero hecho de vivir cumplen ya con su destino, con su "Dharma". En cambio, al ser humano no parece bastarle el vivir simplemente, como si su "Dharma" fuera otro.

­ Hay un dicho maravilloso que afirma: "el Ser duerme en los minerales, despierta en los vegetales, camina en los animales y piensa en el hombre". La existencia de la Conciencia universal no interfiere en los "dharma" de las entidades. Una misma conciencia puede manifestarse de muchas formas (así como la energía eléctrica puede hacerlo como luz, calor, movimiento, etc., según campos formados por el tiempo y el espacio). En el hombre mismo vemos cómo la conciencia se manifiesta distintamente como visión en los ojos, sonido en los oídos, gusto en la lengua, etc.

¿Qué diferencia al hombre de los animales? Cuando el ser humano, tras la concepción, es sólo una célula parecida a una ameba, es cierto que no tiene la conciencia de ahora, pero posee una conciencia. Sólo nuestro ego nos impide aceptar que, básicamente, todos los seres son iguales. Haciéndolo no negamos, sin embargo, las diferentes cualidades de los seres, así como aceptamos las diferencias entre un ser humano y otro, un hombre y una mujer, o un niño y un adulto. Pero el niño es el hombre, aunque lo que puede hacer un hombre no pueda realizarlo un niño. Potencialmente sí, mas todavía no se ha manifestado esa facultad.

La idea de la Conciencia universal y su presencia en todos los seres, implica que ciertas potencialidades están restringidas. Si se desea ver en ello una limitación de la conciencia, puede hacerse. Esas limitaciones contribuyen al curso del mundo y sus necesidades, pero, esencialmente, todo es uno.

Es importante diferenciar siempre entre "utilidad" y "realidad". El problema estriba en que el ser humano siempre trata de interpretar la realidad en función (terminológicamente incluso) de la utilidad. No se da cuenta de que la utilidad es una concepción limitada, mientras que la realidad es ilimitada. Tomemos por ejemplo esta mesa. Alguien puede decir que existe para poder escribir sobre ella. Pero esa no es la realidad, porque yo la uso para escribir, pero un gusano puede alimentarse de esa misma mesa. ¿Cuál es entonces la "utilidad absoluta" de la mesa? No existe. Pongamos otro ejemplo: en las matemáticas los números tienen dos tipos de valores: el propio (diríamos que "absoluto") y el relativo al lugar que ocupan (así, el valor propio del número 2 es 2, pero si se une al cero pasa a ser 20). En el valor de cualquier entidad hay que distinguir pues, entre valor utilitario y valor en sí mismo. La espiritualidad hace referencia al valor intrínseco de las cosas, mientras que la ciencia trata de valorar algo en relación a otras cosas.

­ ¿Cómo se explica que, dentro de la vida humana y en todos los lugares de la tierra, se manifieste siempre algún tipo de comportamiento religioso, con sus prácticas, etc.?

­ La palabra religión puede interpretarse como "regreso al origen". Y cualquier persona mínimamente inteligente debería mostrar interés en conocer su origen. Incluso la ciencia pretende algo parecido: conocer el origen del universo. Para mí tanto la ciencia como la religión implican una esforzada búsqueda. De hecho, en la antigüedad no existía distinción sustancial entre ambas. Esa se acentuó especialmente en los siglos XIV, XV y XVI, cuando los seguidores de la ciencia interpretaron la religión en la forma de fe ciega, mientras que los seguidores de la religión insistían en que la religión debía limitarse a sus ritos. Se fue creando una fuerte tensión: la religión empezó a negar cualquier conocimiento que se diera fuera del templo o monasterio. Entonces, los que quedaron fuera del templo, empezaron a negar la verdad religiosa. De modo que se fueron creando incomprensiones y reacciones adversas.

De todas maneras, la palabra ciencia designa tan sólo un conocimiento sistematizado. Hay que distinguir, asimismo, entre ciencia pura y ciencia aplicada (las máquinas, etc.) La ciencia pura implica intentar pensar de forma apropiada y tratar de llegar a la verdad. En eso se parece a la religión.

Me preguntaron una vez en Brasil lo siguiente: "Si en el mundo no existe ninguna felicidad perfecta, ¿cómo podemos entonces hablar acerca de la felicidad si nadie la tiene?". Contesté: "imagine que se halla en una habitación oscura y empieza a gritar que no hay luz, ¡no hay luz!. Pero me pregunto entonces, ¿cómo puede afirmar que no existe la luz sin haber visto la luz? Habría que aceptar que en algún momento tuvo conocimiento de la luz. Si afirma no tener la felicidad, eso significa que la tuvo antes".

La religión sólo dice una cosa: vayamos a ese lugar donde sí hay felicidad. Y ese lugar no es otro que el Centro del propio ser. Pues toda felicidad proviene del Espíritu, de la Conciencia. El contacto con las cosas exteriores sólo provoca, efímeramente, el surgir de la felicidad que está dentro. Ninguna cosa en el mundo posee en sí felicidad, sólo puede, a través del contacto con ella, provocar la felicidad inherente al Ser. La espiritualidad afirma, en consecuencia, que estamos corriendo tras las cosas físicas buscando la felicidad cuando la fuente de la felicidad total está dentro de nosotros. La felicidad mundana no existe, nunca es perfecta (como ningún aparato eléctrico puede manifestar todo lo que existe en la electricidad). Ningún órgano, ningún cuerpo, puede manifestar toda la felicidad, todo lo que existe en nosotros mismos.

Por eso, aquello que el hombre verdadero es siempre permanece desconocido al resto del mundo. Solamente cada uno puede conocerse a sí mismo, no los demás, que van a conocer únicamente algún aspecto limitado.

­En los Vedas se habla de que el mundo pasa por diversas edades. Si es cierto que estamos en el "Kali Yuga", ¿qué repercusiones tiene eso? (Nota del Jñàpika satya Gurú: actualmente nos encontramos en los albores del Satya Yuga)

­Cualquier cosa, sistema o programa implica un comienzo, una continuación, un declive y un final. Lo mismo sucede con el ser humano: nace, vive, envejece y finalmente muere. Y lo mismo puede decirse de esta mesa, de toda la humanidad o del universo, es decir, de cualquier cosa creada. Por eso los sabios hindúes hablan de la Creación, que siempre acontece en el tiempo y en el espacio, como de algo temporalmente definido que finalmente se disuelve. Pero en la propia disolución existe también la semilla de la nueva creación. Como una ola que asciende, se mantiene y se extingue. ¿Cuál es la semilla de la ola? La fuerza resultante de la ola anterior es el origen de una nueva.

En este sentido, existe la concepción de las cuatro yugas o edades. Satya, es la primera, o la última, según como se mire.

­¿Es la más cercana al origen?

­ Sí. Aunque en el hinduismo no existe el concepto de Origen como aquí se entiende. Más bien habría que hablar de aparición, desaparición y reaparición. Porque la palabra que puede equivaler a "creación" en realidad significa "aparición" y "Pralaya" no es el fin, sino "desaparición". En el caso del individuo la muerte no es tampoco el final. De ahí la doctrina de la transmigración. El hombre y el Universo reaparecen nuevamente. Por eso en los Vedas se afirma que durante el fin de esta "creación" va a haber decadencia, lo que es natural. Por eso sentimos que en todas partes se advierte una crisis profunda. Hay un ejemplo maravilloso a este respecto: cuando el sol se acerca al cenit lo hace despacio, hasta alcanzar el Mediodía. Pero al aproximarse al horizonte parece que se mueve rápidamente. Toda rapidez indica disolución. Así, vemos ahora en todas partes la terrible presencia de la rapidez: en el campo del pensamiento, los inventos, vehículos, etc. Las escrituras advierten que esta rapidez nos va llevando inevitablemente, hacia una disolución. Pero queda la esperanza de una nueva creación.

­¿Qué tipo de continuidad puede concebirse entre este ciclo y el siguiente?

­ En realidad todo existe desde siempre. En el Veda se afirma que ni siquiera el Creador puede crear una cosa nueva. Sólo puede concebir lo que existía antes. ¿Cómo se crea un sueño? No hay en él ningún elemento nuevo.

¿Qué puede destruirse? Solamente las formas. Nuestra mente, apegada a las formas, tiene miedo de la disolución. Pero la mente unida a la Verdad no tiene miedo, pues sabe que las formas son únicamente el conjunto de los átomos y lo que se llama destrucción y muerte es sólo la disolución de esos átomos. La misma física señala que la materia y la energía son constantes. Entonces, ¿qué puede destruirse? Sólo la estructura. No es que diga que la estructura es inútil o no tiene ningún valor, sino sólo que toda forma acaba por disolverse. Pero ninguno de nosotros tenemos que preocuparnos por ello, ya que es inevitable. Hemos de vivir con felicidad y esperanza y debemos morir también con felicidad y esperanza.

Una vez, en Brasil, asistí a una larga charla por televisión en la que participaban muchos profesores, astrólogos y sacerdotes. Todos estaban muy preocupados acerca del fin del mundo, del fin del siglo (se habla mucho del asunto). Hacia el final el organizador del acto me preguntó mi opinión. Le dije: amigo, no soy tan inteligente como ellos; simplemente creo que por la voluntad de Dios estoy aquí. Y aquí estaré hasta que Él quiera. Así que la des-creación del mundo es el problema de Dios, no el mío. Antes de morir no debe preocuparme el morir y cuando no exista el mundo tampoco estaré yo aquí para preocuparme. Pase lo que pase, no hay que abandonar el optimismo y la confianza.

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