Coraza, peste emocional, ideología

Parte I

(Reich IV)


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Antonio
Javier Plazas

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Artículo enviado por Luis Misa al Foro Gran Tantra.

Estaba feliz, nadando en un mar.

Había tirado un cable para que mamá me alimentara a través de esa cosa esponjosa que llaman placenta. Tuve que fabricarla porque si no conseguir oxígeno y alimentos hubiera sido muy difícil: este mar es muy chiquito y no me hubiera bastado.

Si imaginamos al campo energético del humano que conocemos como si fuera una esfera, podemos imaginar tres estratos. El más profundo -el núcleo- expresa los valores de origen, los primarios y los que cabe suponer en un organismo sano con toda su potencialidad a desplegar. Son el amor, el trabajo y el conocimiento: constituyen la
base de la existencia y deberían gobernarla. Pero lamentablemente, no es esto lo que ocurre. En la historia de cada humano existe una secuencia inevitable y cronológica: el primer campo energético es la relación madre-hijo, desde la concepción hasta los primeros días después del parto. Progresivamente el recién nacido va integrándose con el segundo campo energético, que incluye al padre y a los otros miembros del grupo. Cuando concluye esta etapa, el niño va ingresando al tercer y último campo, la sociedad, especialmente a
partir del sexto año de vida, donde suele comenzar su escolarización. Esto es a grandes rasgos, porque el esquema puede sufrir modificaciones.

El humano promedio recibe variadas agresiones relacionadas con la imposibilidad no genética de desplegar sus cualidades existenciales. La represión de las tendencias naturales es de rigor en la civilización humana que conocemos, en el modelo de desarrollo humano
vigente. Ni el espíritu de aventura y conocimiento son verdaderamente fomentados -como no sea para su formación relacionada con el mercado laboral-, ni el trabajo es visto como autorrealización y aporte solidario a la sociedad. Y mucho menos se desarrolla el amor en la
sexualidad natural, que es frustrada desde sus comienzos, inhibida por moralismos absurdos y compulsivos.

Si se agrega a esta lista la escasa calidad de los nutrientes y las cualidades del medioambiente: alimentos, medios de comunicación, educación, etc., se comprenderá que el niño en desarrollo
carece de modelos vivos con la posibilidad real de nutrirlo. Esto provoca congestiones y bloqueos en la circulación de la energía, lo cual concretamente deviene en enfermedad, más severa cuanto peor y más precoz es la exposición del pequeño a los factores enfermantes.

Es entonces que se va desarrollando una funcionalidad energética desviada con el objeto de lograr una defensa adecuada contra la agresión externa. Pero también una defensa contra los impulsos primarios que ya no pueden vivirse plenamente, una manera de disminuir el sufrimiento apelando al recurso de sentir menos. La energía derivada en estos menesteres suele provocar rigideces de todo tipo (psico-biológicas), entre ellas la contractura crónica
de variados grupos musculares. El hecho de que Reich haya notado esta disposición en gran cantidad de pacientes que obedecían al patrón descripto, le hizo imaginar seres acorazados, debido a lo cual denominó coraza a esta forma defensiva. Hoy sabemos que no sólo existe la coraza muscular, que es superficial, sino otra más profunda: la coraza visceral y el acorazamiento psicológico contra las propias emociones descarriadas. De manera que se ha ampliado el
concepto de coraza.

Para fines sanitarios, es importante decir que la dificultad o imposibilidad de vivir de acuerdo a los principios básicos de la vida -los del núcleo- han alentado el desarrollo de un estrato
secundario donde residen los anti-valores: hipocresía, perversión, sadismo, masoquismo, envidia, espantosa mediocridad. El poder en lugar de la potencia, el dinero reemplazando al amor, la fama y el éxito a los codazos para disminuir la  penosa sensación de infelicidad y la
angustia crónica.

Pero como esta presentación es inadecuada a los fines sociales -la hipocresía estándar recita con la boca valores que en la vida real borra con el codo- existe un tercer estrato, el más externo: la diplomática apariencia que tapa la voracidad con una sonrisa deslumbrante
y esconde las miserias del alma con un ropaje encantador.


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© Antonio Javier Plazas (Todos los derechos reservados por el autor)

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