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Para
conocer |
Todo era blanco. Todo estaba helado. Nadie podía distinguir la montaña del océano.
Entonces volvió la primavera, con su belleza y calor. El océano se derritió; y los
témpanos, pequeños y grandes, comenzaron a agitarse, adoptando diversas formas. Sí uno
parecía un hombre, otro un animal. Casualmente, chocaron unos contra otros, y se rompieron en pedazos. Rompí a gritar con
toda mi alma: ¡Dios mio! ¡Todo se ha perdido! Entonces, sucedió que el agua profunda se elevó a gran altura y pronunció con fuerte
voz: Nada se ha perdido, por que nada existe fuera de Mí. En todas las formaciones
o deformaciones, Yo persisto. |
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© Antonio Javier Plazas (Todos los derechos reservados por el autor) Preguntas, comentarios o referencias: infosaberser@wanadoo.es |